miércoles, 13 de octubre de 2010

Los ángeles - Mons. Miguel Antonio Barriola

Los ángeles
Mons. Miguel Antonio Barriola


Los “Arcángeles”, cuya festividad celebramos cada 29 de setiembre, nos brindan la oportunidad de alargar nuestra perspectiva espiritual, por lo común atrapada en lo inmediato, cuando no prisionera de preponderantes preocupaciones individualistas.

Los tres arcángeles llevan a Dios en la composición de su nombre: “Mi-ka-El” (¿Quién como Dios?), “Gibbor-El” (Héroe de Dios), “Refá-El” (Medicina de Dios).

Siendo inmensamente superiores a los hombres, se saben relativos totalmente a Dios, cosa que es patente especialmente en Miguel, ya que su nombre indica que nada ni nadie puede igualarse a Dios.

Tal actitud de grandeza, que, con todo, no se extralimita, la podemos comprobar en el último de los ángeles bíblicos, el que explica al vidente del Apocalipsis la aparición final de la Jerusalén Celestial: “Me postré a los pies del ángel que me había mostrado todo esto, para adorarlo. Pero él me dijo: ¡Cuidado! No lo hagas, porque yo soy tu compañero de servicio, el de tus hermanos los profetas y el de todos aquellos que conservan fielmente las palabras de este libro. ¡Es a Dios a quien debes adorar!” (Apoc 22,8-9).

Escena digna de ponderación: un ser clarísimamente por encima de todas las demás creaturas, dado que revela y explica cosas inalcanzables al más genial de los humanos, que no menos claramente se ubica como “compañero”, sin ambicionar un tributo que no le corresponde en modo alguno.

Desgraciadamente poco tenemos en cuenta a estos hermanos nuestros, tan excelsos y superiores, pero para nada engreídos, de modo que no se sienten rebajados al tener que servir a su Dios, no ya en el esplendor de su gloria celestial, sino unido a una naturaleza enormemente inferior a la de ellos, cual es la humana: “¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»? Y al introducir a su primogénito en el mundo (1), Dios dice: «Que todos los ángeles lo adoren»” (Hebr 1,5-6).

En nuestra época hasta los teólogos tienen miedo de tratar sobre los ángeles. Parecen sospechar que dedicarles atención sería algo así como perderse en abstracciones o evadirse hacia un mundo de lo irreal y despreocuparse de los graves problemas que la sociedad tiene planteados.

Sin embargo, uno de los teólogos más preclaros de toda la historia, cuyos principales planteos y soluciones son considerados como perennes, Santo Tomás de Aquino, es llamado muy apropiadamente “El Doctor Angélico”, porque, en el entramado de su genial arquitectura doctrinal, su estudio sobre los ángeles no es un mero episodio accidental, ya que, si se prescindiera de sus cuestiones al respecto, se perdería un material absolutamente indispensable para comprender puntos básicos de su sistema (2).

Hoy, en cambio, se presta muy poca importancia a este dato de la fe, por múltiples causas. Quizás una de las más influyentes sea el exagerado antropocentrismo que invade todos los campos del saber. A fuerza de insistir tanto en el hombre, se cierran los ojos a todo lo que no sea el hombre mismo y sus intereses. Así es como se lanzan preguntas por el estilo: ¿Qué saca el hombre con que existan los ángeles? ¿Qué problema humano se puede resolver con base en la existencia de los ángeles? Son interrogantes que comienzan cuestionando y que muchas veces se resuelven negando o, por lo menos, dando cabida a una actitud de indiferencia, que se aproxima a la duda y el rechazo.


Aporte fundamental de Santo Tomás

Por cierto que el Aquinate no pensaba así. No sólo no le estorbaban los ángeles, sino que, al contrario, lo regocijaban. Pensar sobre estos seres superiores sólo con base en la utilidad para el hombre es incapacitarse de antemano para juzgar con acierto, porque levantar un poco la visión, a fin de no considerarnos el ombligo del mundo, nos vuelve más libres de nuestra miopía de tan cortos alcances. Así como el telescopio agiganta nuestra capacidad sensorial de visión, el poderoso lente de aumento de la fe nos sirve para que nunca olvidemos lo pigmeos que somos en el vasto universo de la creación entera.

El principal servicio que las criaturas prestan al hombre consiste en ayudarlo a conocer y amar más a Dios. Nunca será posible a nadie explorar exhaustivamente toda la variedad de lo creado. Para eso se dan las especialidades. Pero el peligro del especialista reside en el encerrarse en su reducido campo de observación, privándose de una visión global.

Así numerosas “teologías” tienden a prescindir de los ángeles, como se adelantó, como si éstos fueran sólo representaciones “míticas” o expresiones “simbólicas”, ya sea de fuerzas cósmicas, ya de intervenciones de Dios en la historia humana. Pero, entonces, también el mismo Dios es deformado, llegándose a hablar de “historia de Dios”, ya que a muchos les parece escandaloso un “Dios inmutable”, pétreo (según explican), sin “sentimientos”; presentando así una imagen de Dios antropomórfica.

En cambio una mirada en profundidad sobre los ángeles preservaría de estas deformaciones, porque un Dios creador de estos seres tan superiores no puede ser pensado a la medida del hombre, ni diluirse en la corriente de una historia humana. Por cierto que tampoco se puede pensar en un Dios a escala angélica, equiparable a los ángeles. Pero, si nos consideramos a nosotros mismos incluyendo también a los ángeles, recibimos un poderoso estímulo, encontrando un firme apoyo para transcendernos y pasar también más allá de los ángeles, liberándonos de nuevas formas del antropomorfismo, que suele ser la antesala de la idolatría.

El sentido de trascendencia despierta en el hombre una postura de adoración más plena, a la vez que se coloca en la actitud más adecuada para abrirse a Dios y acoger sus dones. Aquí está el fundamento para superar el historicismo y secularismo, hoy tan extendidos.


Aporte importante de los ángeles

Estos seres tan especiales han ayudado a pulir el concepto de creación de la nada. Ellos trazan, por así decir, la línea divisoria entre Creador y creatura en la tradición misma de la Iglesia.

En efecto, nos es difícil concebir la “creatio ex nihilo”, dado que nuestra experiencia siempre vive la procedencia de un ser a partir de otro, del que toma algo: los hijos provienen de la unión del padre y la madre, la planta de una semilla previa, el mueble de maderas y del trabajo del carpintero y así todo.

Pero, siendo los ángeles espirituales, sin componente material alguno, todo su ser ha de ser explicado sin referencia a un sustrato material previo.

Tal espiritualidad de los ángeles no siempre fue entendida correctamente. Con frecuencia se les atribuyó una cierta materia, sutil o etérea, para poder distinguirlos del espíritu totalmente inmaterial, que sería sólo Dios. Esta doctrina era enseñada en tiempos de Santo Tomás, quien, sin embargo, nunca la aceptó, enseñando con firmeza que los ángeles son espíritus puros, carentes del menor atisbo de materia, por muy sutil que se la suponga. Atribuyéndoles una inmaterialidad o espiritualidad total, se vio el santo en la necesidad de buscar una razón que diera cuenta de la finitud de estos seres, la raíz misma de su ser de creaturas, distintas, por tanto, del Dios Creador e increado. Porque muchos argüían contra el Aquinate que, si los ángeles eran del todo inmateriales, han de ser también enteramente simples y así, no serían ya más creaturas, quedando convertidos en dioses.

Para mostrar la ineficacia de tales razonamientos, propuso Tomás su doctrina de la distinción real entre la esencia y el ser. Este tema, fundamental en la enseñanza del santo, ha sido desarrollado por él, sobre todo, al tratar de los ángeles, los cuales vienen así a jugar un papel insustituible dentro de su misma filosofía. Dios es el único absolutamente simple, sin haber en ÉL tipo alguno de composición (3). Las criaturas jamás alcanzan la simplicidad de Dios y, por consiguiente, implican siempre alguna composición. Sólo que para explicar estos co-principios de los seres creados, no es necesario acudir en todos los casos a la materia, plasmada por la correspondiente forma. La composición originaria, la más profunda y propia de toda creatura es la de esencia y ser. Los ángeles, entonces, por tan perfectos, inmateriales y excelsos que sean, son igualmente seres compuestos, que han recibido su ser de otro, Dios. Son limitados por su naturaleza y no se identifican con el puro Ser.

Han sido, pues, los ángeles, quienes han obligado a indagar con mayor profundidad lo constitutivo de las creaturas. Con lo cual, de rechazo, se ilumina un tema capital acerca de lo específico de Dios. Los ángeles, pues, han significado una valiosa ayuda para que el hombre pudiera pensar a Dios como Dios.


Los ángeles y nuestra vida

Muy bien. Pero, ¿qué tendrán que ver estas exquisiteces metafísicas con la vida espiritual?

Por de pronto son una llamada de atención a la limitación de la mente humana, la cual, sin la revelación sobrenatural, jamás habría llegado a sondear el ser de Dios y el de las creaturas con tal fineza y exactitud, dentro siempre de la infinita distancia que nos separa del primero.

Los seres más independientes, no sujetos a la pesadez del cuerpo, la corrupción, la materia, no por eso son Dios. También ellos son compuestos, están limitados, lejos de la grosera cantidad, pero no por eso son autosuficientes, ya que llegaron a la existencia sobresaliente de su naturaleza, en dependencia de Alguien, que los creó. Con lo cual volvemos al comienzo de esta meditación: a ese “El” = “Dios”, con el que se arman los nombres de MiguEL, GabriEL y RafaEL. Uno es el gran luchador y vencedor de los ángeles rebeldes (Apoc 12,7-12). Pero no por ser más poderoso que “Satán” (de igual naturaleza ampliamente superior a la humana), sino porque, poseyendo atributos tan insignes, reconoce que también él es limitado, deudor del único Omnipotente. Su ser y actuar provienen del Ser Supremo y es necesario reconocerlo con humildad, como lo recuerda la Carta de Judas (v. 9): “El mismo arcángel (4) Miguel, cuando se enfrentaba con el Diablo y discutía sobre el cuerpo de Moisés (5), no se atrevió a proferir contra él ningún juicio injurioso, sino que dijo solamente: «Que el Señor te reprima»”.

El “Arcángel” se precia de dejar bien claro de dónde le viene su poder. Y esto es un rasgo sentido comúnmente en la Iglesia, dado que también lo destaca II Pedro 2,11 (si bien no está referido a ningún ángel en particular, sino en general a todos ellos): “Estos hombres audaces y arrogantes no tienen miedo de blasfemar contra los ángeles caídos, mientras que los ángeles superiores en fuerza y en poder no pronuncian ningún juicio injurioso contra ellos en presencia del Señor”. Es decir: aún frente a seres abominables, porque se han levantado contra Dios, los “ángeles superiores” dejan la sentencia al Señor de lo visible y lo invisible.

Los ángeles, pues, aunque por desgracia nos acordemos muy poco de ellos, son una lección constante y una advertencia acerca de cómo concebir y vivir la auténtica grandeza. Contra nuestro desordenado afán de figurar y de ponernos en el pedestal, aquellos, que por su naturaleza sublime, espiritual, libre de ataduras materiales, no necesitan abstraer para conocer, dado que intuyen claramente todo lo real, ellos nunca se aprovechan de su rango tan elevado, ni ponen por delante sus privilegios. Aceptan colocarse al servicio de seres harto inferiores, como lo somos todos nosotros. Ellos cantan sobre un establo maloliente de Belén, adorando al Hijo de Dios, el Verbo eterno, que no dice una palabra coherente, porque se ha vuelto un bebé llorón. Uno de ellos asiste al espectáculo deprimente (6) de ese mismo Hijo de Dios, que declaró sentir su alma triste hasta la muerte en Getsemaní.

Mucho nos pueden enseñar acerca de todo ministerio en la Iglesia, al respecto de los cuales podríamos preguntarnos: ¿Qué buscamos con ellos? ¿Servir a la gloria de Dios y al bien de nuestros hermanos o servir-nos de la posición apreciada y venerada por los fieles, para hacer sentir nuestra preeminencia y autoridad? Tales humos suelen colársenos solapadamente y puede que vana y mundanamente esperemos que se diga de nosotros, lo que “toda la tierra” proclamaba de la “Bestia de Mar” (7), en estricta contradicción con el nombre de Miguel: “¿Quién se le puede igualar y quién puede luchar contra ella?” (Apoc 13,4).





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Notas

1) O sea: en el momento de la “kénosis” o “vaciamiento” y humillación extrema del Hijo eterno de Dios (ver: Filip 2,6-11; Hebr 10,5-7).

2) Para lo que sigue resumimos y comentamos a: A. Bandera González, O. P., “TRATADO DE LOS ÁNGELES – Introducción a las cuestiones 50 a 64” en: Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología – I Parte I, Madrid (1988), BAC, 489-498.

3) Summa Theologiae, I, q. 3. Ver, en cambio, ibid., q. 50, a. 2: “¿El ángel está o no compuesto a partir de la materia y la forma?”

4) Única vez que se da esta jerarquía a un ángel con nombre propio. El único otro lugar es: I Tes 4,16. Sólo que sin referencia a una individualidad en especial.

5) Toma el dato Judas de un apócrifo: “La Asunción de Moisés”.

6) Recuérdese el escándalo que esta escena provocaba, sobre todo en el mundo griego. Comparaban muchos enemigos del cristianismo naciente la serenidad de Sócrates, que antes de beber la mortal cicuta, se explaya en un sereno discurso sobre la inmortalidad, con estas angustias del “Salvador”, que pide ser eximido de aquel trago amargo: “Pase de mí este cáliz” (Mt 26,39.41).

7) El imperio romano.







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