jueves, 7 de enero de 2010

La sabiduría humano-divina de Santo Tomás frente a la dictadura del relativismo - Hugo Verdera

La sabiduría humano-divina de Santo Tomás frente a la dictadura del relativismo
Dr. Hugo Verdera


Sociedad Tomista Argentina - XXXIII SEMANA TOMISTA - Relativismo
Buenos Aires - Septiembre 2008



1. El problema del relativismo y el Magisterio de la Iglesia.

Al analizar y estudiar el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, lo primero que surge con evidencia incontrastable es que para el Aquinate no hay nada que desee con más vehemencia el alma humana que el acceso a la verdad. Ello implica que toda su filosofía y su teología patentiza que el hombre, “hominizado” por su intelecto especulativo, que es lo más alto y perfecto que en él existe, se halla esencialmente ordenado por propia naturaleza a la verdad.

Es por ello que la definición del hombre como “animal racional”, implica su condición de animal dotado de logos, el cual encuentra su plenitud a la que está llamado, por su propia naturaleza creada, a su perfección en la verdad. Por ello, el Aquinate ve que el primer y principal deseo del hombre es la verdad. La afirmación de Aristóteles que “todos los hombres desean por naturaleza saber”[1], implica, por un lado, que la verdad es el objeto propio de ese deseo, y por otro, inexorablemente, que el hombre no puede permanecer indiferente frente a la verdad de su saber. En ese saber especulativo se involucra también, en el hombre, el saber operativo, es decir, el saber para actuar.

El magisterio de la Iglesia, “maestra de la verdad”, ha hecho suya esta verdad, y la ha enseñado como doctrina desde siempre. Pero hoy día, las raíces filosóficas y religiosas que constituyen la dolorosa enfermedad del mundo moderno, han hecho que se multiplicara la insistencia en tal sentido, ya que prevalece actualmente una profunda desconfianza en las capacidades de la razón humana para conocer la verdad, resultado lógico de la negación a esa razón humana de sus posibilidades de alcanzar el ser de las cosas, lo que conlleva a un constante cuestionamiento de la verdad. No se acepta, en teoría y en la práctica común, que la verdad sea conocer lo que las cosas son, es decir, conocer el ser de las cosas. Dicho escolásticamente, que la verdad sea la adecuación entre el entendimiento y la cosa. Se ha dado, pues en esta postmodernidad, un “oscurecimiento o eclipse de la verdad”[2]. Esta circunstancia explica el auge del “relativismo ético”, consecuencia propia del “relativismo cognitivo” (“agnosticismo filosófico intelectualista”), que avanza en la estructura socio-política, adquiriendo características de “único pensamiento correcto”, y que va a derivar, en su lógica férrea interna, en una auténtica “dictadura del relativismo”. Ese el concepto con que Benedicto XVI ha caracterizado la actual situación que vivimos. En un discurso dado en Cracovia el 26 de mayo de 2006, afirmaba que “hoy se trata de crear la impresión de que todo es relativo: hasta la verdad de la fe dependería de la situación histórica y de la valoración humana. Pero la Iglesia no puede callar el espíritu de la verdad. No caigamos en la tentación del relativismo…”. Y terminantemente, siendo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces Cardenal Ratzinger afirmaba que “la verdad es el fundamento sobre el que se sostiene el hombre”, ya que éste no puede vivir sin verdad, y menos sin aquellas verdades más profundas que comprometen la existencia. Este agnosticismo y su consecuencia, el relativismo, se han constituido en los ejes básicos que aquejan a nuestra sociedad y la sumergen en su crisis más grave, ya que su resultado inevitable, fatal, es la deshumanización del hombre, pues ataca a la más digna y específica de sus facultades, su entendimiento, imposibilitándole alcanzar su fin propio, que es el conocimiento de la verdad.

La radicalidad de la denuncia del Magisterio de la Iglesia frente a esta situación, se ejemplifica claramente, en la Homilía de la Misa “Pro Eligendo Pontifice”, del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en su carácter de Decano del Colegio Cardenalicio, el 18 de abril de 2005, quien expresa que “el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”. Tras señalar la gravedad de la inserción relativista en la sociedad contemporánea, afirmaba, además, la “pretensión de hegemonía cultural” que el relativismo ostenta, es decir, su pretensión de presentarse como la negación de la intolerancia y del fundamentalismo, ya que sostener la realidad de la existencia de verdades absolutas es, para esta “dictadura del relativismo”, lo propio de la mentalidad fundamentalista, intransigente, intolerante. Lo afirma el futuro Papa en la misma ocasión, cuando enfatiza que “a quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo”. Y no se crea que esta posición del entonces Cardenal Ratzinger se manifestaba aislada en su pensamiento. Tres años antes, en una entrevista, denunciaba que “hoy realmente se da una dominación del relativismo. Quien no es relativista parecería que es alguien intolerante. Pensar que se puede comprender la verdad esencial es visto ya como algo intolerante. Pero en realidad esta exclusión de la verdad es un tipo de intolerancia muy grave y reduce las cosas esenciales de la vida a un subjetivismo”[3].

Como vemos, ya operaba en el análisis del entonces Cardenal Ratzinger lo que, horas previas a ser consagrado Sumo Pontífice, designa como “dictadura del relativismo”. Más aún, la pretensión hegemónica de imposición del relativismo, se consolida en una cultura que se ufana de lo progresista, lo cambiante, lo efímero; pues bien, en una cultura que por esencia rechaza lo dogmático, se pretende sostener como dogma máximo la “dictadura del relativismo”. Todo es relativo, esa es la única verdad inconmovible que se acepta. Si esta ansia del hombre por la verdad, anclada en lo profundo de su ser, es tan esencial para su correcta comprensión, no puede más que concluirse que es imposible ignorarla para comprender la realidad del hombre. En feliz expresión, Juan Pablo II expresa que se puede definir al hombre como aquél que busca la verdad”[4], agregando que “la sed de la verdad está tan radicada en el corazón del hombre que tener que prescindir de ella comprometería su existencia”[5]. Allí radica el peligro mortal para la propia existencia del ser humano de la actual “dictadura del relativismo”, con su pretensión de fundamentar la convivencia social sobre esta falsa base.

La Iglesia Católica, en su misión de anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, no puede permanecer indiferente frente a la realidad de esta crisis. Ello explica la actitud enérgica y persistente del Magisterio de la Iglesia en la defensa de la verdad, como asimismo su radical condena del perverso error de las ideologías fundamentadas en el agnosticismo, el escepticismo o el relativismo, que al negar la capacidad de la razón humana para conocer la verdad; al afirmar que no existe una verdad objetiva válida para todos los hombres, sino que la verdad es un producto construido en cada momento histórico, imponiendo la mera opinión (doxa) de cada uno como eje rector de la vida individual y social, concluye en la imposición de un totalitarismo de alcances extraordinarios. En tal sentido, cobra trágica actualidad la definición dada por Juan Pablo II, quien expresó que “hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza nos son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”. Y concluye el Papa enfatizando el resultado ineludible de esta actitud, al señalar que “a este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder”, y concluye que “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”[6].


2. La sabiduría tomasiana y la dictadura del relativismo

Toda la obra de Santo Tomás de Aquino, como magníficamente señalara Chesterton, “es un reconocimiento de que la verdad es verdadera e independiente del que la busca”[7], o sea, la afirmación de la objetividad esencial de la verdad y el rechazo olímpico a la “dictadura del relativismo”.

Hay en la elaboración de Santo Tomás una auténtica “antropología de la verdad”; más aun, toda su labor intelectual se orientó precisamente en abrir al espíritu humano el acceso a la verdad. Se advierte, pues, una clara coincidencia, fundada en esa adhesión del Aquinate a la verdad, a su vez fundada en el reconocimiento pleno del real valor del hombre – criatura de Dios, con la persistente profesión del actual Pontífice Benedicto XVI contra la “dictadura del relativismo”, cuyo único remedio es la vuelta a Cristo, que es la auténtica Verdad. En este sentido, se ratifica la indudable fuerza profética que adquiere el lenguaje del Angélico. Y ella se manifiesta en el hecho incontrastable que Santo Tomás luchó contra lo que creía que era verdaderamente falso. De ahí que su sistema constituya la real posibilidad del retorno de la verdadera lógica y la hermosa tradición cultural católica.

Estamos viviendo hoy, particularmente en el mundo occidental, que fue “informado”, en el sentido filosófico clásico del término, por el pensamiento cristiano, ante una situación en que, en su perspectiva y pretensión hegemónica, el relativismo ha entrado en lo que se a denominado “relativismo agresivo”, ya que los actuales relativistas agresivos quieren que el relativismo se convierta en la ley oficial del Estado, y que éste reprima penalmente a los no relativistas; y que conduce fatalmente a un “relativismo como forma de absolutismo”, ya que se pretende imponer a la sociedad leyes «indiscutibles», siendo el absolutismo de la mayoría parlamentaria el único criterio de validez. El relativista implícitamente niega lo mismo que explícitamente afirma. Para el relativista, además, todo lo que no es relativista es fanatismo y antidemocrático.

En tal sendito, el denominado “absolutismo democrático” rechaza siquiera la posibilidad de un límite. La voluntad de la mayoría, los pactos posteriores, conllevan la posibilidad de dar a los gobernantes un poder desmesurado y difícilmente controlable por los ciudadanos. Lo esencial para los partidos políticos que agotan lo que consideran la única y auténtica expresión de la democracia, es alcanzar como sea y conservar como sea el poder. Para ello, obturar la realización de una auténtica educación, para lograr una población meramente instruida, alienada, fácilmente manipulable, dócil a seguir lo “políticamente correcto”, manejable por constantes dádivas, susceptible de muchos derechos y ninguna o pocas obligaciones, sin exigencias de esfuerzos, sin premios al mérito. Una población que sea masa y no pueblo, homogeneizada por abajo.

Con este cuadro de situación, se entiende que Benedicto XVI haya enfatizado que “precisamente a causa de la influencia de factores de orden cultural e ideológico, la sociedad civil y secular se encuentra hoy en una situación de desvarío y confusión: se ha perdido la evidencia originaria de los fundamentos del ser humano y de su obrar ético, y la doctrina de la ley moral natural se enfrenta con otras concepciones que constituyen su negación directa”. Y agrega que, como producto de ello, predomina “una concepción positivista del derecho”, al sostenerse que “la mayoría de los ciudadanos, se convierte en la fuente última de la ley civil”, abandonándose “la búsqueda del bien”, sustituyéndola por la búsqueda “del poder, o más bien, del equilibrio de poderes”. Y “la raíz de esta tendencia se encuentra en el relativismo ético, en el que algunos ven incluso una de las condiciones principales de la democracia…” (…) Pero, si fuera así, la mayoría que existe en un momento determinado se convertiría en la última fuente del derecho. La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden equivocarse. La verdadera racionalidad no queda garantizada por el consenso de un gran número de personas, sino sólo por la transparencia de la razón humana a la Razón creadora y por la escucha común de esta Fuente de nuestra racionalidad”[8].

Esta situación nos obliga a asumir una actitud intelectual de firmeza, y para ello nos resulta imprescindible y actualísima la actitud intelectual de Santo Tomás de Aquino, “supremo analogado de los teólogos de Cristo y pluma predilecta de su Cuerpo Místico”[9]. La calidad de su magisterio lleno de honestidad intelectual, lo ubica en el hoy acuciante que agobia a nuestra sociedad, pues su pensamiento filosófico, teológico y humanista, con sus formulaciones densas manifiestan la actualidad de la sed humana por la verdad. Al ser Tomás de Aquino un intelectual libre y honesto, que nunca se dejó llevar por la moda o el esnobismo, que tuvo como regla aúrea de sus estudios la búsqueda disciplinada y empeñosa de la objetividad, para arribar a la ansiada verdad, demostró que es necesario “obrar en comunión con los rumbos de la Creación”, es decir, cumplimentar los fines queridos amorosamente para las criaturas por el Creador. De ahí la actualidad de su pensamiento, vigoroso y amoroso, de reactualizar su dinamismo de mente y de corazón, donde ardía una hoguera de verdad, una sed de aprehender el último porqué de la realidad, un amor al orden y a la dimensión arquitectónica de la Creación. De ahí la acuciante necesidad de hoy, frente a la “dictadura del relativismo”, de un “diálogo amigo con Tomás de Aquino”.

En este contexto, al considerar el Doctor Angélico a la verdad como una necesidad constitutiva del hombre, al elaborar, como se dijo antes, una auténtica “antropología de la verdad”, considerando al hombre como el ser que necesita absolutamente la verdad, Santo Tomás patentiza un lógico corolario: que la verdad es una necesidad incondicional para el hombre, porque es la verdad la que nos libera de la atmósfera irrespirable del subjetivismo y del mero sometimiento a las opiniones dominantes.

De este modo, no puede sorprender que el Papa Benedicto XVI, que tiene un sólido anclaje teológico enraizado en la tradición y particularmente en Santo Tomás de Aquino y el medievo, haya alentado a un diálogo fecundo entre fe y razón, entre la filosofía y la teología, para poder responder a los desafíos que plantea la modernidad actualmente, señalando que "la comprensión del cristianismo como real transformación de la existencia del hombre, permite que la reflexión filosófica tenga una nueva aproximación con la religión, y de otro lado la alienta a no perder la fe de poder conocer la realidad"[10].

Y el año pasado, Benedicto XVI dedicó a Santo Tomás de Aquino, en la conmemoración de su festividad[11], una profunda reflexión, que toma particular importancia ante el tema de nuestra actual Semana Tomista. El Papa recordó que Santo Tomás de Aquino “ofrece un modelo válido de armonía entre razón y fe, dimensiones del espíritu humano que se realizan plenamente en el encuentro y diálogo entre ambas”. El Santo Padre reconoció "los innumerables efectos positivos" de la ciencia moderna, pero advirtió al mismo tiempo que "la tendencia a considerar verdadero solamente aquello que se puede experimentar constituye una limitación de la razón humana" y por eso "es urgente, redescubrir de forma nueva la racionalidad humana abierta a la luz del Logos divino". "Cuando la fe cristiana es auténtica -subrayó- no mortifica ni la libertad ni la razón. (...) La fe presupone la razón y la perfecciona y la razón, iluminada por la fe, encuentra la fuerza para elevarse al conocimiento de Dios y de las realidades espirituales".

Por otra parte, "con sabiduría futurista, Santo Tomás de Aquino logró instaurar una relación fructífera con los pensamientos árabe y hebreo de su tiempo, al punto de ser considerado un maestro siempre actual de diálogo con otras culturas y religiones”, dijo el Santo Padre, y agregó que el santo de Aquino “supo presentar aquella admirable síntesis cristiana entre razón y fe que para la civilización occidental representa un patrimonio precioso, al cual hay que referirse aún hoy para dialogar eficazmente con las grandes tradiciones culturales y religiosas del Este y del Sur del mundo”.

Benedicto XVI resaltó que en el pensamiento de Santo Tomás “la razón humana ‘respira’, es decir, se mueve en un horizonte amplio, abierto, donde puede expresar lo mejor de sí”. Por ello, “la relación entre fe y razón, constituye un serio desafío para la cultura actualmente dominante en el mundo occidental”. Y enfatizó que Santo Tomás de Aquino es un símbolo de armonía entre la fe y la razón; que “con su carisma de filósofo y teólogo, este gran doctor de la Iglesia ofrece un modelo válido de armonía entre fe y razón, dimensiones del espíritu humano que se realizan plenamente en el encuentro y el diálogo entre sí”. Además, Benedicto XVI recordó que en el pensamiento de Santo Tomás “la razón humana ‘respira’, es decir, se mueve en un horizonte amplio, abierto, donde puede expresar lo mejor de sí”. “La relación entre fe y razón, constituye un serio desafío para la cultura actualmente dominante en el mundo occidental…”, señaló el Papa. Y allí se potencia la necesidad de la sabiduría tomasiana.


3. Conclusión: la presencia necesaria de la sabiduría humano-divina de Santo Tomás de Aquino

Se tuviéramos que sintetizar en una frase qué es el tomismo, diríamos que se condensa en “la sabiduría divino-humana de Santo Tomás”, recogida con preferencia por el más auténtico Magisterio de la Iglesia. Su síntesis sería, en el plano de lo humano, su formidable esfuerzo, titánico, por llegar, desde lo humano sensible y racional, a Dios. Porque el núcleo vital de su elaboración metafísica está en el reconocimiento del ser real y en el acatar las exigencias que ese reconocimiento implica para el pensar y el obrar del hombre. Y su sabiduría teológica, tomando sus propias expresiones, radica en haber consumado una alianza real entre la fe y la razón, y logrado así, como el mismo expresa, “cierta impresión de la divina ciencia”, logrando elevar su humana razón al orden de lo divino, para así poder tener real inteligencia de los misterios divinos[12]. Toda la ardua labor del Doctor Angélico irradia un optimismo, una alegría, una fe en el hombre, reveladora de un auténtico “humanismo” que adquiere su fuerza vital en las profundas raíces con que labora el “Buey Mudo”, cuales son su admiración y devoción por el misterio de la Cruz y por su fe en la Redención. Frente a la “dictadura del relativismo”, expresión del pensamiento contemporáneo, tenemos en el tomismo la herramienta insustituible para evidenciar su intrínseca perversión y su nefasta proyección.



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Notas:
[1] Aristóteles, Metafísica, Libro I, Cap. I.
[2] Al respecto, Juan Pablo II afirmaba, en la Carta a las Familias: “¿Quién puede negar que la nuestra es una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como una profunda crisis de la verdad?”
[3] Entrevista concedida a Agencia Zenit, el 1 de diciembre de 2002.
[4] Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, N° 28 in fine.
[5] Juan Pablo II. Idem, n. 29
[6] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus agnus, N° 46.
[7] G. k. Chesterton, El pozo y los charcos, p. 71.
[8] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la sesión plenaria de la Comisión Teológica Internacional, 5 de octubre de 2007.
[9] P. Marcos R. González, O.P., Santo Tomás de Aquino, desde ayer y para siempre, Revista Mikael, N° 5, p. 18.
[10] Benedicto XVI, Discurso a los participantes del VI Simposio Europeo de Docentes Universitarios, Roma, 11 de junio de 2008.
[11] Benedicto XVI, Angelus del 28 de enero de 2007.
[12] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 1, 3, c. Ver también Ibid., I, 1; II-II, 2, Cfr., P. Marcos R. González, O.P., Santo Tomás de Aquino, desde ayer y para siempre, o.c. Revista Mikael, N° 5, pp. 22-23, y pp. 24 y s.



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