martes, 27 de julio de 2010

¿Dónde se esconde el verdadero fascismo? - Carlos Daniel Lasa

¿Dónde se esconde el verdadero fascismo?
Dr. Carlos Daniel Lasa
Miembro de la SITA Argentina


Leo Strauss distinguía, en los libros escritos por los filósofos, una escritura esotérica de otra exotérica. Consideraba que el filósofo no podía afirmar ciertas cosas con toda claridad, y por eso debía ocultarlas a través del arte de escribir entre líneas. Este modo de escribir es una defensa que el filósofo ejerce frente a la sociedad política la cual, apenas percibe la más mínima diferencia de su pensamiento respecto de lo consagrado como verdades indiscutibles, seguramente toma represalias.

Ahora bien, ¿es nuestra sociedad una excepción?. Consideramos que no lo es. La sociedad actual ejerce un férreo control sobre el pensamiento de sus ciudadanos. Ni bien uno de ellos se aparta del credo oficial debe soportar serias consecuencias. De inmediato se aplicará a esa persona el calificativo de fascista. Señala al respecto Del Noce: «Se crea, pues, el mito del fascismo, en el que es situado un adversario moral que no tiene nada que ver con el fascismo histórico. A través de la transfiguración mítica, el concepto de fascismo se ha ampliado lo más posible; de forma que cualquiera puede ser acusado de fascista (…) Mediante la identificación del fascismo con el mal radical –que por lo tanto no puede tolerarse– y mediante la mitificación antedicha, se ven los restringidos límites a que queda reducido el pluralismo cultural y político (…). Lo que se hace en realidad es convertir el fascismo en una especie de categoría eterna, en el mal radical: es decir, de la interpretación histórica del fascismo se pasa a la interpretación demonológica»[1].

A esta altura no son pocas las preguntas que nos asaltan. Consideramos, por lo pronto, que es necesario formularnos las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que en realidad se entiende por fascismo?, ¿tiene algo que ver esta concepción de fascismo con el fascismo histórico que nació el 23 de marzo de 1919 y murió el 25 de abril de 1945?, ¿cuál es el credo de la actual sociedad y cuáles son sus verdaderos enemigos?, ¿cuáles son las causas que lo han producido?, ¿de qué medios se vale la actual sociedad para disciplinar a sus ciudadanos?.


1. El mito del fascismo

Ernst Nolte ha señalado que el fascismo se halla inserto en el vasto fenómeno de la secularización, es decir, dentro de aquel proceso dentro del cual ya no queda un lugar reservado para Dios[2]. El fascismo tiene su punto de partida en el escrito de Gentile titulado La filosofia di Marx. En esta obra, Gentile se propone inverare (conferir verdad, hacer verdadero) a Marx. Esta operación consiste en quitarle al marxismo todo resto de materialismo. Para Gentile, hablar de materialismo dialéctico es una contradicción en los términos. De allí que proponga sustituir el materialismo dialéctico por una filosofía que haga del pensar la única realidad a la que puede adjudicarse la dialéctica. Así, entonces, surge el actualismo, esto es, aquella filosofía que afirma que la única realidad es un Yo cuyo ser consiste en un continuo farsi (hacerse). Esta filosofía es una filosofía de la praxis o del devenir que se encuentra en las antípodas de una filosofía del ser, propia, ésta, de diversas metafísicas elaboradas en Occidente.


Como podemos apreciar, la filosofía de Gentile, el actualismo, es una filosofía absolutamente inmanentista que declara la imposibilidad de la existencia de una realidad que se encuentre más allá de este mundo. Esta doctrina, que se traduce en un praxismo carente de toda verdad que pueda guiar la acción humana individual y política, ha sido propia del fascismo. Esta filosofía gentiliana, esencialmente revolucionaria, fue seguida, de modo absolutamente coherente, por Antonio Gramsci. Tanto Gentile como Mussolini no fueron totalmente fieles a la misma por cuanto consideraron que una revolución total resultaba imposible y que, por eso, era necesario llevar a cabo ciertos compromisos que hicieran posible una evolución hacia una nueva forma de sociedad que conservase cosas del pasado pero con una “cara” radicalmente diversa. Ejemplo de ello es la religión. Para Gentile era menester conservarla pero no ya como una religión que religue al hombre con un Ser distinto del mundo sino que lo una a un Dios que es inmanente al devenir histórico. Para Gramsci, en cambio, la filosofía de la praxis, siendo fiel a su esencia, debe borrar toda cosa del pasado de modo radical. Como podemos apreciar, Antonio Gramsci es un continuador riguroso de la filosofía gentiliana. Al respecto señala Del Noce que Gramsci, creyendo encontrarse con Marx, en realidad se topó con Gentile.

Ahora bien, como podrá colegirse, tanto el marxismo como el fascismo se mueven dentro del mismo horizonte ideológico: una filosofía de la praxis o del devenir que ha dejado a la realidad huérfana de toda instancia de eternidad.

Pero entonces, ¿cómo se califica de fascistas a todos aquellos que sostienen un pensamiento religioso o metafísico?, ¿no estarían, acaso, en las antípodas del pensamiento fascista?. Ciertamente que lo están. En este sentido, el autodenominado antifascismo no es sino la continuación rigurosa, esto es, revolucionaria, de la filosofía fascista. Pero este antifascismo, que en realidad es el fascismo en estado puro, tenía que considerar al fascismo, tal como lo señaló Giacomo Noventa, como un delito más que como un error ya que él mismo era partícipe de este último, y debía acusar de ese delito a los hombres que osasen asumir posiciones metafísicas o religiones reveladas (como en el caso de Occidente: la religión católica). De ahora en más, se va a englobar bajo el término fascismo a todas aquellas posiciones que se consideren represivas, es decir, toda postura que sostenga que existe una Verdad eterna a la que el hombre puede conocer aunque jamás agotarla. Este credo, del cual explicitaremos su contenido a continuación y que es el heredero más riguroso del fascismo, se ha impuesto por medio de la apropiación de la mayor parte de los medios de difusión cultural (editoriales, escuela, mass media, etc.), proponiendo una serie de valoraciones históricas y prácticas que, sí o sí, deberán asumirse como verdades reveladas por ser –se nos dice– antifascistas. En realidad son, como ya lo dijéramos, proposiciones de una filosofía de la praxis o del devenir, propia ésta de Giovanni Gentile y el propio fascismo. Todo aquel que intentare cuestionar dichas verdades será reducido, ipso facto, al silencio. En definitiva, como acertadamente lo señalaba Eric Voegelin, existe hoy un totalitarismo de las preguntas ya que hay una interminable serie de preguntas que están absolutamente prohibidas. El enemigo de la actual sociedad «abierta» no es el burgués y el capitalista sino todo aquel que no haya hecho de la filosofía del devenir o de la praxis su filosofía.


2. El credo de la sociedad «abierta»

Hemos afirmado que la sociedad actual ha asumido una filosofía de la praxis o del devenir la cual ha declarado la imposibilidad de la existencia de una Verdad más allá del devenir histórico. Desde esta filosofía se han acuñado una serie de categorías las cuales son como los nuevos mandamientos dentro de los cuales debe discurrir el intelecto humano si es que no quiere caer en la barbarie fascista (societas aperta dixit!). Una de ellas es el tan mentado «pluralismo». Este dogma no puede ponerse en discusión jamás. Si a alguno se le cruzare por la cabeza la peregrina idea de poner en duda que este pluralismo hace posible la legítima pluralidad, el mote de fascista le caería como el trallazo de un estigma, ya no como una marca del cuerpo como hacían los nazis con los judíos sino como una marca en el alma que lo haría indeseable para toda la sociedad.


El pluralismo es una posición filosófica que sostiene que la verdad no puede ser conocida por el intelecto humano. Si todo cambia, tal como lo sostiene la filosofía del devenir, le será imposible al intelecto humano aprehender una estructura inteligible de la realidad que tenga valor perenne. Por eso, el pluralismo sostiene que, ante una pregunta, toda respuesta tiene el mismo valor. Y lo tiene, en realidad, porque ninguna es capaz de responder adecuadamente a la pregunta. Entonces, ¿para qué seguir preguntándose?. En realidad, el pluralismo cancela toda pregunta y toda respuesta y, por eso, clausura el pensar entendido éste como el diálogo del alma consigo misma. Ahora bien, sin pensar, ¿cómo le resultará posible al hombre ser diverso entre iguales?. Cancelado el pensar, se obtura la libertad y, por eso, la pluralidad. En efecto, para el pluralismo, todos deben sostener lo mismo: que el hombre es incapaz de conocer la verdad y que, en consecuencia, el relativismo es la divisa que debe colgarse en el pecho. En lugar de afirmar la pluralidad se sostiene una unicidad absoluta que, por eso mismo, es totalitaria. Al respecto, y con toda claridad de las consecuencias a que lo conduce su relativismo, Gianni Vattimo refiere: «Si profeso mi sistema de valores –religiosos, estéticos, políticos, étnicos– en este mundo de culturas plurales, tendré también una conciencia aguda de la historicidad, contingencia, limitación de todos estos sistemas, comenzando por el mío»[3].

Este relativismo nihilista se difunde a través de una concepción sociologista que es otro de los dogmas intocables de la actualidad cultural. El sociologismo tiene su acta de nacimiento en la tesis VI de Marx sobre Feuerbach. Marx, en esta tesis, ha diluido el ser del hombre en el contexto socio–histórico. El hombre es, de ahora en más, un producto más de las relaciones socio–históricas. Su pensar y su querer son expresión del contexto socio–cultural en el que está inmerso, y no pueden siquiera ir más allá del mismo. Por eso, se afirma, todo conocimiento es cultural, o sea, no una expresión de lo que las cosas son, sino una manifestación de las necesidades de determinado contexto socio–histórico. De allí que las ciencias humanas, principalmente la sociología, todo lo expliquen. La filosofía, como conocimiento del orden eterno de las cosas, ha muerto. Sólo se admite la existencia de la filosofía como epistemología, que no pasa de ser una justificación racional del conocimiento científico.

Pero si todo es relativo, y el único conocimiento de que dispongo es la ciencia, (saber, éste, que ha renunciado al conocimiento de todo fin, incluido el fin propio del hombre), ¿qué valores han quedado en pie?. Sólo los vitales. Lo que acabamos de decir se puede apreciar, de modo harto palmario, en la actitud de todos aquellos que se autodenominan «progresistas»: han renunciado a toda idea de revolución para abrazar un sociologismo totalmente funcional a una vida preocupada y ocupada en el acrecentamiento de bienes materiales en orden a la satisfacción de los valores de la vitalidad.

Ha llegado la hora de elaborar una reflexión verdaderamente crítica sobre todo lo acontecido: Y esta reflexión debe someter a una crítica severa a las categorías mediante las cuales la filosofía del devenir o de la praxis, nos han conducido al actual y disolvente nihilismo. Esto despejará el camino para que la inteligencia realice su actividad propia de leer dentro de las cosas para, de este modo, reconfigurar un orden socio–político al servicio del desarrollo pleno del hombre.



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Notas
[1] Augusto Del Noce. Italia y el Eurocomunismo: una estrategia para Occidente. Madrid, Magisterio Español, 1977, pp. 48–49–100.
[2] Cfr. la importante obra titulada El fascismo en su época. Action francaise, fascismo, nacionalsocialismo. Madrid, Ediciones Península, 1967.
[3] Artículo «Postmodernidad». En Diccionario de Hermenéutica. Una obra interdisciplinar para las ciencias humanas. Bilbao, Universidad de Deusto, 1997, p. 645







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